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Los caminos de la isla no son como los del continente Son pavimentados, la mayoría, al igual que los que atraviesan nuestro país de Sur a Norte y de Este a Oeste pero tienen algo que los hace diferentes. Son serpenteantes, suben y bajan lo que hace que la atención vaya puesta en lo que se puede descubrir en lo alto de la loma allá lejos o a la vuelta de una curva abrupta. Cuando se conduce por las autopistas del resto del país desaparece esa ansiedad por ver qué hay más adelante porque todo es predecible hasta el paisaje campestre se torna casi urbano con una señalética uniforme, de materiales idénticos a lo largo de la ruta, con estaciones de peaje de arquitectura similar en que las sonrisas de los funcionarios escasean , con estaciones de servicio con una multiplicidad de ofertas iguales a lo largo de la ruta, en que todos comen y beben lo mismo y el olor a comida chatarra contamina el aire ; con personas que van en camino de alguna parte del Sur, apurados, atentos al celular, en sus magníficas camionetas cargadas de bicicletas, botes y un cuanto-hay haciendo bencina y saliendo apurados hacia la carretera porque hay que llegar a tiempo.

Los caminos de la isla son todos diferentes: con colores y olores distintos, los paisajes también diferentes porque las nubes , la dirección del viento y la hora del día los transforma de un momento a otro de tal forma que hasta el pintor más experimentado se confundiría para captar lo permanente. Se puede ir veinte veces al mismo lugar y siempre se descubrirá algo nuevo. Así es el paisaje de Chiloé desde sus caminos.

En Chiloé no hay autopistas, de esas que separan a comunidades enteras. Los caminos son de ida y vuelta, así de sencillo, como para no apurarse; ese es el sentido de los caminos en la isla. Para qué ir rápido si hay tanto donde detenerse a mirar, a oler, a sentir en el rostro y la piel, a conversar con la gente que no teme perder su tiempo contando su vida y la de los otros.

Tome el camino a Rilán desde Castro, por ejemplo. Apenas se recorre unos kilómetros por la Ruta 5 desde la capital provincial por un camino que casi se convierte en carretera por un momento y se tuerce a la derecha en dirección a Dalcahue se encuentra con un estrecho sendero que conduce al humedal de Putemún, hábitat de variadas aves marinas y entre ellas los flamencos . Es un área hermosa que debería ser conservada cuidadosamente y valorada por su atractivo turístico especialmente para los extranjeros, amantes de las aves, que visitan la zona.

El camino hacia Rilán asciende y desciende según sea la topografía del terreno como si la ruta y la geografía se hubieran puesto de acuerdo para caminar juntos .Allí no se han hecho grandes cortes en cerros o laderas para acortar camino. Y cuando se han hecho cortes, las frondosas nalcas con sus inmensas hojas verde oscuro trepan por la ladera y la cubren como para borrar toda intervención humana en el paisaje. La cinta de asfalto que sube, baja y gira a la derecha e izquierda es como el dedo índice que ojea un libro de imágenes que se desea retener para guardar en el álbum de la vida.

A lo largo del camino, hermosas casas de madera nativa o aglomeradas decoran el panorama en armonía con la naturaleza con una envidiable vista a las islas, los fiordos y pampitas ondulantes donde idílicamente pastan las ovejas a la sombra de los siempre presente manzanos.

Si se atreve a tomar los caminos laterales sin pavimentar pero transitables sin problema encuentra pequeños poblados que están allí, en silencio, porque no se ve a nadie y siente que el ruido de su automóvil ha venido a perturbar el canto de las aves y de los árboles que se mecen con el viento amenazante del Noroeste: coihues, ulmos y álamos se estremecen al unísono casi emitiendo un quejido preparándose para el aguacero que anuncian las gruesas y oscuras nubes.

Las casas de tejuelas de madera de los lugareños parecen siempre preparadas para la lluvia. El humo que sale por la chimenea de zinc parece decirnos que la casa está temperada, o que tal vez una cazuela de cordero espera sobre la cocina a leña a sus moradores que vienen de la huerta tras la cosecha de las papas y las verduras que tan bien se producen en la zona. Las cortinas blancas, impecables, visten las ventanas de muchas casas chilotas, y son hechas a mano, muchas de ellas. Se ven acogedoras estas viviendas y siempre hay un pequeño jardín donde no faltan las rosas. No se ve pobreza, tal vez estrechez económica, que solamente la viven sus moradores. Desde el camino se percibe que se vive dignamente.

Conducir por los caminos de Chiloé pone a prueba. Cada cierto trecho aparece la señalización vial anunciando la cercanía de lugares con nombres tales como Lelbun y Detico en el camino hacia Queilen y Peuque o Huenuco en dirección a Rilán y no se puede evitar internarse dos o tres kilómetros para descubrir qué hay. Sorprende la ausencia de gente en estos lugares; seguramente los hombres están cultivando la tierra generosa a la vuelta de la colina y las mujeres amasando el rico pan que más tarde venden en las ferias ; está la iglesia, pero sus puertas están cerradas como muchas en la isla ; estos tesoros patrimoniales deberían estar abiertos para los visitantes; también está el siempre presente mercado particular, pequeño negocio familiar que atiende en una casa cualquiera y vende de todo un poquito ; también el recinto para las ferias costumbristas y una cancha de fútbol Y así se toma uno y otro camino . Como arte de magia aparece una laguna, quieta, y sus aguas son el espejo del bosque tupido que llega hasta sus bordes. Algunas aves por aquí y por allá junto a un viejo árbol derribado por el peso de los años, sus raíces en el agua y el tronco aún fuerte pero sin vida. Paisajes mágicos que ojalá jamás sean intervenidos en ese afán del chileno de recrear lejos de sus lugares habituales de residencia los espacios urbanos con todas las conveniencias del mundo moderno para sentirse a gusto en sus vacaciones.

Los caminos de Chiloé son encantadoramente confusos. El Norte y el Sur, el Este y el Oeste desaparecen para el viajero foráneo. Se asciende y desciende, se gira a la izquierda y la derecha y se pierden de vista los puntos de referencia a que estamos habituados los que venimos del Norte: el océano y la cordillera se esfuman y dan paso a esta loca geografía que invita a seguir hasta que el camino se acaba en una plácida playa de piedras y conchuela con algunos botes varados en la orilla como esperando a sus dueños para salir a la mar.

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