Una Caverna en Talcán, Chiloé1

El resultado de una excursión arqueológica en la isla de Talcán, es presentado en esta páginas por el médico, biólogo marino y ex investigador del Museo de Historia Natural de Concepción, Medardo Urbina Burgos, recreando en ella lo que habría sido la vida de los indígenas –Chonos y Kawashkar, entre otros – en territorio chilote.



El archipiélago de Chiloé ha sido calificado como un territorio geográfico-humano e histórico diferente a las otras regiones del país, sea por su constitución geográfica o por ser la última posesión española en América, ya que fue anexado al país sólo en 1826. También, por las características etno-culturales de sus habitantes, que exhiben un léxico “sui generis”, costumbres culinarias, actividades económicas, una rica y particular arquitectura en madera, artilugios y procedimientos ancestrales, como el horno polinésico utilizado en el “curanto” o los “corrales” de pesca comunitaria, tejidos en lana y fibras vegetales y tantos otros elementos culturales que justifican la diferencia y la riqueza de una auténtica cultura insular.

 

En este contexto pocas veces se recuerda el patrimonio arqueológico del archipiélago, consistente en conchales y cavernas, dispersas por todo el territorio, del cual los arqueólogos han desenterrado sólo una mínima parte de la información que contienen (Cristian Díaz Caballero, Jorge Kaltwasser, Roberto Munizaga, Dominique Legoupil, entre otros). La información que encierran permitirá dilucidar los conocimientos de un pueblo borrado de la faz de la Tierra ya a principios del siglo XVIII – los Chonos –, pueblo canoero y nómada, de cuyo lenguaje propio sólo perviven algunas palabras diseminadas en la toponimia del sur de Chiloé y los archipiélagos al sur del golfo Corcovado. Diversos cronistas anotaros ciertas observaciones; dibujos y transcripciones dispersas e imprecisas rondan entre los manuscritos antiguos, pero fue John Byron quien los describió con más precisión dada su convivencia forzada con los indígenas durante algunos meses, a causa del naufragio de la fragata Wager en 1841, en un sector al norte del archipiélago de Guayaneco, al sur del golfo de Penas, cuando formaba parte de la escuadra armada por los ingleses para atacar puertos españoles en América. Posteriormente, John Cooper sintetiza en un precioso trabajo todo el conocimiento recogido sobre los chonos, publicado en 1946 por la Smithsonian Institution de Washington, USA.


En 1972, realicé una excursión arqueológica en la isla de Talcán, la mayor de las islas del Archipiélago de los Desertores (Chiloé), cuyo informe – depositado en el Museo Municipal de Castro – contiene la localización precisa de diez cavernas y un conchal. Quiero compartir con Uds. la discreta descripción de uno de mis hallazgos:

La primera caverna

Había pasado la noche en casa del cuidador del recinto del Centro de Mitilicultura y al día siguiente salí con destino a la costa sur de Talcán. Aprovechando que el mar estaba “de vaciante” caminé por la costa sur oriental, buscando “la tríada de la prospección arqueológica”. Las enseñanzas del profesor Carlos Munizaga Aguirre, unido a los libros de Anette Laming2, me habían forjado una clara idea de ¡cómo descubrir una caverna!


Había caminado una buena hora y las pocas casas de Tendedor se veían a penas a la distancia, cuando encontré la tríada que buscaba: 1. Fuente de alimentos (playa) 2. Curso de agua dulce y 3. Una pared protegida de los vientos predominantes (nor-oeste). Me paré en el área, la recorrí pensativo y agregué mi cuarto factor; 4. ¿Dónde construiría yo una caverna?


Elegido teóricamente el lugar, me dirigí hacia una pared cercana a la playa, situada más allá de la línea de mareas, cubierta de pastos, matorrales y vegetación baja. Cogí un garrote de madera y fui golpeando la pared a la altura de un metro y medio de la base, buscando aquel punto donde el golpe “sonara hueco” y retumbara como un tonel vacío. Mi búsqueda dio pronto resultado. Con el machete que portaba, corté la “champa” de pasto que teóricamente cubría la entrada de la caverna y la retiré cuidadosamente para dejarla en su sitio una vez concluida la inspección. Tuve acceso a una cavidad oscura y amplia, cuya entrada era una boca de aproximadamente un metro y medio de altura y un metro diez de ancho. La entrada a una caverna.


Entré y observé sin dar más pasos, para no alterar el sitio. La caverna estaba labrada en roca relativamente blanda, que los geólogos llaman “conglomerado” y que consiste en una roca metamórfica, formada por arena comprimida y rocas redondeadas de diversos tamaños, que con el paso de los años y por acción de grandes presiones se ha vuelto a compactar como una roca.


El fondo estaba a unos cinco metros de la entrada, el piso plano y las paredes irregularmente curvas. El techo superior a 2 metros, permitía deambular cómodamente erguido. A ambos lados del suelo había montones de conchas de moluscos diversos y en el centro de la habitación, un grupo de piedras rojizas ordenadas en circulo señalaban el lugar de la fogata, que aún mantenía las cenizas y tizones del último fuego que ardió en ese lugar – quizás hace ya centenares a miles de años -. Un polvillo fino cubría todas las superficies, guardando impresos los moldes externos de los pies menudos de aquel o aquella que estuvo tal vez en cuclillas en torno al fuego. Aquí y allá, otras huellas apenas perceptibles con la escaza luz procedente de la boca de la caverna. La planta completa de un pie y la impresión de los ortejos de un pie más bien menudo, tal vez el de una mujer o de un joven o niño mayor. Pienso en ello y me viene a la mente el último residente nativo de esta caverna ¿cómo viviría? ¿cómo serían sus pensamientos? Sin duda, aspiraciones esenciales, como alimentarse, cubrir su cuerpo con pieles de animales o vegetales tal vez, quizás un poncho de fibras de junquillo… y sobrevivir al ataque de otros indios hostiles. El techo brillaba un poco, tal vez por el hollín acumulado de quizá cuántos años. Reflexiono que esta caverna debe haber sido grata, abrigada, calentada sólo por una pequeña fogata encendida en el centro pues la entrada era pequeña y fácil de cerrar. ¿Chonos o Chonquis?, ¿Huillis?, ¿Calenques?, ¿Kawashkar? ¿Taijatafes? ¿Qué seres humanos primitivos vivieron aquí?3

Vuelo al pasado

Imagino a los moradores: allí una mujer añosa, semidesnuda sentada en torno al fuego, desconchando cholgas o choros, desgreñada con chascas gruesas que caen más allá de los hombros. Desdentada tal vez, canta un murmullo oligotonal que más parece un lamento que una canción. Le canta al viento, al cielo, a las aves marinas o al sol naciente, como lo hacían los Selknam, los Yamana o los Kawashkar del extremo sur de América.


Aquí, donde se han impreso las huellas de los pies, mi imaginación da forma a una joven de unos quince años, semivestida con una piel sobre sus hombros, a la usanza de los chonos. Lleva un collar de conchas marinas y una corona de plumas blancas de gaviota. La piel brilla con los escasos rayos que ingresan por la boca de la caverna. Es el brillo del aceite de lobo que cubre su cuerpo para protegerla del frío. Un niño juega cubierto con el mismo fluido aceitoso, amarillento y trasparente. Un olor rancio invade la caverna. Ella está en cunclillas junto ala hoguera. A un lado yace un cesto pequeño (un “yole”), del que extrae “wepos”4 frescos que va dejando sobre las piedras calientes del fogón para que se cuezan. Los wepos, que hace poco rato fueron extraídos de la arena de la playa, con un “palde” o hazada de madera manejada con una mano, chisporrotean y lanzan agua desesperados por el calor de las llamas y las valvas de estas navajas gigantes, finalmente se abren y exponen su blanca carne a la joven, que las desconcha e ingiere con avidez, mientras escucha con respeto y nostalgia la canción monótona y triste de la anciana, posiblemente su madre.


Absorto en mis pensamientos, no imagino otras personas en la caverna, pero creo escuchar voces de hombres que hablan, dan gritos o discuten en la playa cercana. Me llega a la mente dos o tres dalcas5 con sus proas sobre la playa pedregosa. Hay algas verdes y pardas sobre las rocas y los nativos las han puesto allí para no dañar las frágiles maderas de las embarcaciones, ni las costuras de fibras vegetales que unen las tres tablas longitudinales. Los hombres han estado durante la noche junto a las grandes rocas del oeste de la isla, cazando cormoranes, encandilándolos con largas antorchas de pasto seco encendidas, provocando así la caída de las aves al interior de las dalcas donde fueron rematadas con un garrote de luma. Los cormoranes serán dejados en el techo de la caverna, a la intemperie, para ser consumidos cuando luzcan putrefactos y las plumas se desprendan solas. Entonces tendrán un sabor exquisito, como gustaba los chonos y a los kawashkar. Los hombres, concluido su trabajo en la playa, ingresarán a la caverna y se sentarán junto a la hoguera. Las mujeres les darán como alimento las cholgas y los wepos desconchados. Conversarán en su idioma gutural, tal vez las mujeres deberán guardar silencio y ellos contarán la aventura de la cacería de las aves marinas.

El basural

No he tocado nada de lo existente en el interior de esta caverna, pero he intentado grabar en mi mente las imágenes del hallazgo y recordar las dimensiones aproximadas, para informar a los arqueólogos para el estudio póstumo de los seres que aquí vivieron. He estado dentro de esta oquedad alrededor de una hora, pensando en este contacto de centenares de años –tal vez miles- entre aquellos que vivieron aquí y mi inquietud por conocer su forma de vida. El o ellos me han dejado su hogar, han permitido que yo lo encuentre y me han dejado –sin proponérselo- los restos de su despensa; el basural donde lanzaban las conchas de los moluscos después de cocerlas malamente sobre una piedra caliente, yacente junto a la fogata. Por la disposición de la fogata y la ubicación del cúmulo de conchas, parecería ser que las lazaban hacia atrás, por sobre los hombros después de ingerir su apetitoso contenido. ¿Qué otras cosas lanzarían? ¿Puntas de flechas de piedra? ¿Arpones para cazar lobos? ¿Lanzas de luma? ¿Collares de conchas? ¿Cuerdas hechas con cuero de lobo? ¿Esqueletos de los peces que pescaban? , o ¿cazaban con lanzas?, o ¿con corrales? A la salida de los ríos como hasta hace poco usaban en Chiloé. ¿Tal vez con un enrejado de palos de arrayán?, o palo colorado como fabricaban los chilotes en los esteros para atrapar miles de peces a la subida de la marea y repartirlos luego en partes iguales entre los miembros de la comunidad. ¿Sería así su forma de vida? ¿Qué sorpresas guardará el conchal, el basural cotidiano de los naturales que vivieron en esta caverna?


Salgo a la luz. Mas allá –en lo que parece una oquedad sobre la línea de mareas- imagino el hoyo del horno polinésico, donde cocían los alimentos calentando al rojo las piedras redondeadas de la playa, sobre las que depositaban los moluscos, pancoras, cangrejos y centollas, erizos, caracoles de mar (“piquilhues”) y algas marinas. Llega a mí el aroma del curanto, traído por la brisa marina hasta esta ensenada maravillosa, que acogió en el pasado a la familia de indígenas que habitó en esta caverna.


Artículo extraído de la revista Patrimonio Cultural
Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos #47 Año XII Otoño 2008, P.26



1. Este artículo es un extracto del capitulo referido a las Cavernas de Talcán, parte de un libro en prensa titulado DESERTORES, referido al archipiélago del mismo nombre (Editorial Isla Grande. Concepción, Chile).
2. Profesora del Museo del Hombre. París.
3. Nombre que los cronistas y los religiosos de la Compañía de Jesús daban a los grupos de indios dispersos por los archipiélagos patagónicos.
4. “Wepos”: navaja gigante (Ensis macha).
5. “Dalca”: canoa de tres tablas cosidas con fibras vegetales cuyas junturas eran calafateadas con “estropa”, fibra extraída de la corteza del alerce (Fitzroya cupressoides), usada por los indios chonos en sus largas travesías por los canales patagónicos.

 

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