El científico era un hombre añoso y sin duda sobrepasaba los 70. Había logrado alcanzar una islita rocosa situada en el centro de un correntoso río cordillerano, a grave riesgo de ser arrastrado por la corriente, y de ser así, con dudoso resultado…¡hasta podría haber sido mortal , a su edad, arriesgarse a alcanzar aquella isla rocosa! Pero allí estaba, mojado hasta el cuello, pero alegre y bien dispuesto al trabajo de captura.

Durante su ejercicio profesional se dedicó a la entomología y a los arácnidos, en esta materia se especializó en escorpiones, solífugas y pseudoescorpiones; y como tal fue Curator del Museo de Zoología de la universidad. Por otra parte sus múltiples salidas a terreno en busca de todo tipo de “bichos” lo habían convertido en un excelente recolector de especies, algunas de las cuales eran aún desconocidas para la ciencia.

Y ahora –una vez jubilado- se dedicaba a tiempo completo a la búsqueda de ejemplares de las más extrañas y variadas familias, géneros, Clases, y Phyla que le encargaban los especialistas radicados en las más variadas y distantes universidades del mundo. En esta ocasión tenía el encargo de encontrar y recolectar unos pequeños insectos que vivían sólo entre las ranuras de las rocas presentes en medio de la corriente de los ríos. Los identificaba y los desprendía tomándolos con una pinza y los iba colocando dentro de un frasquito con alcohol.

En esa actividad estaba en medio del río cordillerano, cuando se percató que súbitamente se detuvo un auto que pasaba por el polvoriento camino…allá arriba como a unos 50 metros del río. Dos jóvenes se bajaron del vehículo y se quedaron mirándolo con vivo interés. El científico continuó extrayendo los insectos desde las rocas pero por el rabillo del ojo, se dio cuenta que los jóvenes venían bajando por la empinada ladera del cerro, en dirección a él. Con muchas dificultades llegaron hasta la orilla del río y poniendo las manos en corneta preguntaron a viva voz:

---¡Eh! ¡Amigo! …¿Hay?
El científico totalmente concentrado en su labor, pensó que le preguntaban por los insectos que él estaba recolectando y respondió:
---¡Si! …¡Y muchos!
Luego los jóvenes preguntaron:

-- ¿Y cuántos lleva?
Y el científico respondió:
---¡Lllevo cerca de cien!

Por el brillo de sus ojos, se notaba que los jóvenes no cabían en si de contentos y entusiasmados. Se frotaron las manos como diciendo:
---¡Esta es la nuestra! Y subieron rápidamente por la pendiente.

El científico se olvidó de ellos por unos instantes y continuó con su labor de búsqueda y captura de los pequeños insectos dulceacuícolas. Al cabo de unos 30 minutos vio venir a los jóvenes cuesta abajo por la pendiente pero ahora traían unas cajas y arneses como aquellos para la pesca. Le gritaron desde la orilla del río:

---¡Eh! Señór! …¿Y cómo hizo para llegar hasta esa roca?

El científico imaginó que los jóvenes serían alumnos de alguna universidad y que andarían como él buscando algunos bichos. Les señaló el lugar por donde él había alcanzado la roca y les gritó:

---¡Pasen por ese lado –y les señaló con el brazo extendido- ¡Afírmense de una rama de coligüe para que no se los lleve la corriente!

Los jóvenes siguieron las instrucciones y finalmente pasaron a la islita en medio del río después de luchar con la corriente y las rocas resbaladizas. Venían mojados desde la cintura hacia abajo y traían unas cajas y varios aperos de pesca. Se ubicaron en el extremo opuesto de la isletilla para no interrumpir al anciano en su labor.

Pasaron los minutos, media hora, cuarenta y cinco minutos y los jóvenes lanzaban una y otra vez sus señuelos a la corriente sin capturar nada. Finalmente uno de los jóvenes gritó:

---Señor…¿Y cuántos lleva ahora?
El científico respondió:
---¡Como ciento cincuenta!

---¡Uy! Pensaron los jóvenes…¿Y porqué a nosotros no nos pica nada?
Pasada más de una hora, y ya ateridos de frío, los jóvenes dejaron sus equipos en las rocas y fueron a conversar con el científico
---Perdone señor…-dijeron tímidamente- ¿Podemos ver los peces que ha capturado?
---¿¡Qué peces?! Dijo el cientìfico.
--- Los ciento cincuenta que dijo Ud. que había capturado.
---¡ Aquí están! Dijo el científico y les mostró un frasquito conteniendo los bichitos, amontonados y ya muertos por el alcohol.
--- Pero no son peces…son Sipuncúlidos, Priapúlidos y Copépodos.
---¿¿???¡¡!!.

Los jóvenes miraron sorprendidos el pequeño frasquito y luego se miraron entre sí con signos de profunda decepción. Con las cabezas gachas caminaron lentamente, recogieron sus cajas de señuelos y cañas y regresaron al río por la misma parte donde habían venido. Mojados y ateridos de frío tuvieron que vadear el río nuevamente...

El científico vio que desde aquella orilla los jóvenes lo miraban con caras de pocos amigos y por el rabillo del ojo vio cómo subían pesadamente la boscosa pendiente arrastrando de mala gana sus arneses, hasta llegar a su vehículo. El auto arrancó y en ese momento le pareció escuchar que le gritaban fuerte y claro:

---¡¡¡VIEJOOO LOOOCOOOO!!

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