Mi madre me llama desde la puerta del almacén mientras mi padre pesa unos kilos de azúcar y un cuarto de café. La calle de ripio llena de baches y pequeños hoyos, espera el manto de la lluvia pesada y cansadora.

Ágiles los pies tras la pelota más ágil.

Gritos, risas, una patada demás, la pelota que cae en el patio de don Ernesto y toda la muchachada se silencia en la calle silenciosa.

Ojos, pies, alma y manos petrificados mirando la alta tapia de la casa amarilla

No hay otra reacción que no pensar.

Vivíamos en la esquina de O”Higgins con Gabriela Mistral. Quino, Carlos Montiel, René. También Peto Subiabre que aparecía a veces. Las mañanas y las tardes iban y venían como pájaros migratorios e inocentes. Nosotros éramos las únicas aves de punto fijo en esa esquina, frente a la casa de don Elseario.

Pichangas de fútbol, conversaciones desbordando en todo su continente la trascendencia de la intrascendencia, horas amaestradas para alargarse un poco más o hasta escuchar el llamado de la madre o el padre. La adolescencia con los ojos abiertos tragándose el mundo como un pájaro hambriento.

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