“La proeza de la sencillez y la amistad” podría ser un posible título de este artículo. “Desclasificaciones de Medardo Urbina Burgos”, podría ser otra de las opciones. Proeza de la sencillez y desclasificaciones; es decir, este doble movimiento que se presenta a lo largo del libro DESERTORES: la proeza de la bondad a la que nos tiene acostumbrados el autor, y la desclasificación de noticias y archivos secretos que tienen más de un cuarto de siglo, en los apuntes y en la memoria de Medardo.

Desde ambos paradigmas (que no excluyen en absoluto a otras posibles lecturas, a no dudarlo, más enjundiosas que la que presenta el texto actual) Medardo Urbina Burgos se afana en la tarea de convocar el tiempo pasado (tarea nada de fácil) a través del exigente ejercicio de reordenar materiales históricos, científicos, gráficos, emocionales, los que no sólo dependen de la lógica de la memoria sino de la certeza con la cual se estructuran dentro de una zona tan sinuosa como es un texto literario no ficticio.

Siete apretados capítulos conforman el derrotero de este libro, siete capítulos de los cuales, (muy arbitrariamente) el número tres, el cinco y el seis, son, a mi juicio, los más vigorosos, los que proveen al texto de columna vertebral, (sin obviar la evidente validez de los capítulos restantes). Estos capítulos, elegidos por el azar de la percepción que ofrece la lectura, en realidad son conmovedores per se, y en muchas ocasiones no necesitan siquiera del acompañamiento del correspondiente subtitulaje, pues por sí mismos y de manera muy personal y afectiva, representan profundamente y proyectan la humanidad de ese otro chilote que habita el extremo oriental del Mar Interior de Chiloé, el viviente que se ha quedado con su paisaje a cuestas, reuniendo dentro de sí los mejores sentimientos colectivos prácticamente extintos en el resto del islario.

DESERTORES se ordena mediante el expediente de la memoria, más que la obvia actitud empírica del uso de la palabra que asiste al recuerdo y se asiste y ayuda a sí misma mediante sus mecanismos verbales que van a ser el soporte del material expuesto por la obra. Por esta misma razón, a la hora de efectuar un apretado arqueo de este libro del Médico y Biólogo Marino, Medardo Urbina Burgos, no importa tanto lo inclasificable que nos pueda resultar el texto en su totalidad (a pesar de sus resabios de crónica), más que las citadas evidencias auxiliares extraídas de tantas partes -como ya he dicho anteriormente- a los que el autor solicita comparecer para situar el marco teórico de su trabajo textual. También, desde esta perspectiva, este libro posee marcas múltiples que oscilan más allá o más acá de la crónica, más allá de los relatos sumados en un abalorio que salta de una historia a otra, a veces mediante el mecanismo de la oralidad, y más que la poesía diáfana de la descripción, la cual, en otras obras (parecidas a esta) es buscada de propósito para marketear paisajes idílicos y serviles a la tarjeta postal, al guía turístico. Nada de eso. Aquí la descripción pictórica tiene mucho de emotiva, de percepción directa, de anotación en terreno.

Sin embargo, este libro que es múltiple por este modo de estructurarse y presentarse ante el lector, no lo es en el ámbito del afecto. En esa zona es un libro unilateral, jugado por el cariño sin resquebrajaduras hacia el paisaje humano al cual sirve.

Sabemos los lectores que en estos tiempos que corren es muy difícil la escritura de un libro en donde la estética vaya unida a la ética. Sabemos también de lo difícil de sostener un ethos de los afectos, que abrace, que vaya al encuentro y a su vez sea recibidor, y DESERTORES las más de las veces cumple con este rito, evidenciado a través de la ceremonia de la dedicatoria (DESERTORES es un libro de dedicatorias) dirigida a cada hombre y mujer que a partir de sus afanes cotidianos ayudó directa o indirectamente al ejercicio del levantamiento de los tijerales de esta escritura. Por lo mismo me atrevo a afirmar que DESERTORES se escribió más para los afectos que para el conocimiento de una zona tan cara y querida por quienes provenimos de su velamen. Además, DESERTORES fue escrito para que fuera desarchivada “la visión fresca que se tiene de la vida cuando se tienen 20 años”, más que para registrar en la memoria del lector una descripción técnica y fría de las ocho islas que dan el titulaje del libro.


En una época en que la biografía de las personas se sintetiza en el currículum que poseen o desean alcanzar, más que lo que pueden entregar al otro en términos de conocimientos y amor, los abrazos de la espera bajo la lluvia, el esfuerzo de quien ayudó a mover un bote, la mano de quien encendió el fuego para calentar la tetera, las señales de humo enviadas a la isla de enfrente para que el botero venga a buscar al viajante , el miedo del habitante que es despertado intempestivamente a las tres de la mañana, asustado, creyendo que un brujo anda merodeando fuera de la casa, son la materia originaria con la que se nutre el libro. En otras palabras, el tema central es una buena excusa (sucede a menudo con los escritores), una bien urdida justificación para contar y dedicar un libro a la isla amada; una dedicatoria y un largo abrazo que duran 163 páginas, lo que equivale a una buena noche, bien conversada y tupida de cariño, a los pies de un fogón.

Lo que pasa con Medardo es un caso especial en las letras de nuestra suralidad, y en nuestras propias letras. Y es que Medardo, sin él quererlo nos hace cómplices de sus periplos. Viajamos con él en el mismo bote y nos secamos detrás de la misma estufa, para continuar el viaje. Sin embargo, Medardo Urbina, el viajante, no es osado ni audaz, simplemente es un caballero respetuoso hasta el límite en que se puede serlo. Respetuoso con él y con quienes son o serán sus futuros lectores. En otras palabras, Medardo Urbina Burgos es tal cual dentro y fuera del libro. Por ello, es lícito suponer que es de la misma forma con el viaje y las respectivas estaciones que realiza y describe después de veinticinco o más años.

El viaje, que son muchos viajes. Porque tal pareciera que Chiloé, sobre todo en los últimos años, está viajando a menudo, no sólo porque siente la necesidad de hacerlo para escapar de una rutina marcada por la llegada de las Salmoneras ofreciendo trabajo “casi a las puertas de sus propias casas”, sino porque es su timón natural emprender la jornada, probar suerte, buscar el sustento. Sólo que ahora la isla no viaja en las pilchas de sus obreros, maltratados de tanto buscar los pesos para abastecer sus faltas. Ahora la isla comienza a viajar a través de sus escritores. Son ellos los que como en una carrera de postas toman el testimonio y nuevamente lo ayudan a caminar por los caminos que creíamos extintos. O como decía un anciano de Nercón “Ahora ya no viajan porque hay Salmoneras, pero ya les va a entrar la nostalgia por partir”.

Tal vez por alguna razón como esta, o parecida a esta, situamos este libro en el tópico del viaje, el viaje a través de un lenguaje sencillo, para nada ingenuo (ni simple) el que, en su necesidad de comunicar centra su vitalidad en la descripción más que en el relato, lo que no constituye una falta grave sino la búsqueda del instrumento que de manera más eficaz puede llegar a los lectores a los que quiere exponer y ante los cuales se quiere exponer.

Ya afirmamos que Medardo no es un invasor de sitios ni zonas geográficas ni humanas ni afectivas. Medardo no invade ni usurpa de lo que recrea, lo que me recuerda un ejemplo de un Budista Zen para quien el conocimiento de una flor requiere de la observación (léase contemplación) acabada, paciente, cuidadosa de dicha flor, más que la disección de la misma, para llegar a obtener el conocimiento esperado, el saber último. El autor de DESERTORES, con los obvios matices de diferencia entre la Filosofía Oriental y la visión del científico que ha sido criado bajo la tutela del pensamiento occidental, actúa como lo haría un buscador de tesoros, que sólo desea la cautela de los mismos más que su posesión. Raro matiz para un hombre de ciencias del siglo XXI. Raro matiz que se le agradece.

Por último, al cerrar estas líneas, más allá del excelente material y la cuidada fotografía e ilustración con la que está hecho DESERTORES, no es la casualidad que se haya publicado en este tiempo (léase en este lustro) acompañando a otros libros tan conmovedores y necesarios como RAIN, EL ÚLTIMO DE LOS CANOEROS, una extensa y bella crónica de Gustavo Boldrini; GÜAITECAS, poesía de Jorge Velásquez; CHILOÉ, HISTORIAS DE VIAJEROS, de Felipe Montiel. DESERTORES se suma a esta propuesta en donde a través de distintos lenguajes y proyectos textuales diferentes, se está regresando a la tierra de manera lúcida, reconstruyéndose y dando paso a un fenómeno cultural mayor, a una apuesta por la cultura chilota y a su posterior discusión, por lo que fue, lo que todavía es y lo que ya no existe.

DESERTORES abraza esta causa y revela zonas de emotividad, costumbres, modos de ser y hacer la vida, obviadas por la aparente normalidad del progreso actual, historias que siguen su curso y se multiplican en este abrazo hermanable que devela el libro y que, en el fondo, de manera muy parecida al propósito de GÜAITECAS de Jorge Velásquez, invita al viaje, porque evidentemente, el viaje no termina aquí, o se reinicia cuando Medardo Urbina desclasifique otro secreto, otra buena noticia, de las que necesitamos en estos días.

 

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