El Encuentro

Fue uno de esos días aburridos de fin de semana en los que uno no sabe adónde dirigirse y la pregunta clave y frecuente que nos formulábamos con mi pequeño hijo Mauricio(Urbina Fonerón) de tan sólo 8 años en ese tiempo era:

  • ¿A dónde vamos Papá?, y la respuesta instantánea era:
  • ¡Donde el destino nos lleve!

Entonces salíamos  de la ciudad portando  al menos una pequeña mochila con algunos menesteres entre los cuales iba un tarrito con una buena lienza y anzuelos y en otro tarrito  iban las lombrices. Es que nos gustaba pescar, desde cualquiera de las orillas  que alcanzábamos en esos días, ya sea desde una playa descubierta o desde las rocas.

Esa tarde  nuestro vehículo nos llevó  en dirección  a la península de Hualpén  y  siguiendo los caminillos  que van a diestra y a siniestra terminamos en la pequeña caleta ballenera de Chome, de propiedad de los hermanos Macaya (Carlos y Amador). En ese tiempo aún no los conocíamos, pero al cabo de algunos años llegaríamos a ser buenos amigos. Desde la altura, la pequeña caleta de Chome se vislumbra hermosa con una sucesión de casitas  dispuestas en abanico siguiendo las sinuosidades del bordemar. Allá la  pequeña escuelita de madera, y  una explanada con una cancha de fútbol, y más hacia el fondo, junto al bordemar, las edificaciones  herrumbrosas de lo que fuera en el pasado la factoría de ballenas más reciente: la que había dejado de funcionar hacía sólo un par de lustros: la ballenera de los Macaya, de larguísima historia, llena de floridos, emocionantes y genuinos acontecimientos vinculados con la caza de la ballena en las costas chilenas.

La Caleta Chome

En ese tiempo  poco sabíamos sobre el particular y el nombre de Caleta Chome  nos había llegado  tibiamente a nuestros oídos, sin preámbulos y sin otros antecedentes, pero ese día  algo iba a suceder –algo importante-  que nos haría recordar a mi hijo Mauricio y a mi-  aquel día como uno de los más importantes de nuestras vidas. Ese día  conoceríamos a Don Mauricio Moya, uno de los balleneros más antiguos, de la época de la caza de ballenas con chalupa  a remos y con arpón  lanzado a mano.  Dicho de otro modo la época gloriosa en que la caza de ballenas se establecía “mano a mano” entre el hombre y el cetáceo: el primero  con su técnica e inteligencia y el segundo  con su descomunal tamaño y fuerza, capaz de  hacer trizas un bote ballenero y de cobrar la vida a cada uno de sus ocupantes.  De ese tiempo era Don Mauricio Moya, arponero de chalupa en las aguas del Océano Pacífico frente a las costas de Isla Mocha, Isla Santa María  y las inmediaciones de Talcahuano, Coronel y Arauco a principios y hasta mediados del siglo XX.

En un recodo del camino y antes de bajar al villorrio propiamente tal encontramos a Don Mauricio Moya. Nos detuvimos para conversar con él, sin saber aún quien era. Estaba sentado sobre un grueso tronco de ciprés mirando hacia la explanada de la cancha de fútbol: era fin de semana y había partido. Una actividad interesante para una caleta moribunda, donde ya no existía la febril actividad del pasado vinculada a la factoría de ballenas y ahora los hombres solían sentarse en alguna parte mirando hacia el mar, en silencio, pues ya no tenían casi nada nuevo de qué hablar. Se habían ya contado una y mil veces las mismas historias de caza de ballenas en los mismos mares, los mismos naufragios, los mismos salvamentos, las mismas historias de muerte que ya todos sabían y por eso se mantenían en silencio mirando al mar…esperando el paso del tiempo, la llegada de sus propias muertes y la del pequeño villorrio.

Don Mauricio Moya

Don Mauricio Moya era uno de esos hombres. Sentado sobre aquel viejo tronco de ciprés, de pelo cano y gruesas cejas blanquecinas, mirada franca y un rictus depresivo en sus labios. Era un gigantón de “más de metro noventa” y que en ese tiempo –cuando vivía- llevaba sobre sus hombros otros noventa años de vida junto al mar. De largos brazos y robustas piernas, destacaban en él unas “manotas” enormes que apoyaba sobre una de sus rodillas (una) o sobre el mentón (otra), en forma alternante según el giro que tomaba la conversación.

El día era aburrido –ya lo decía- de suave brisa marina, cargada de un aire salobre y fresco. El cielo era grisáceo pero brillante. Cuando nos acercamos nos miró como si se preguntara:

---¿Y de dónde habrán salido estos “bichos”?

Lo saludamos. Nos respondió el saludo sin manifestar interés alguno, como también las primeras palabras y preguntas, lanzadas como “al voleo” intentando encontrar algún tema de interés. Nos dijo su nombre y otros datos generales del poblado, pero cuando nos habló de la actividad que había tenido cuando joven. ¡cazador de ballenas! Mi hijo y yo abrimos los ojos sorprendidos y nos sentamos junto a él para escucharlo.

En la Isla Mocha

Había nacido en la isla Mocha por allá por 1880 y fue desde joven  tripulante de  bote ballenero, principal actividad  en aquella isla en aquellos lejanos tiempos.  A la Mocha llegaban buques –nos contó-  veleros de dos y más “palos” (mástiles) de diversas nacionalidades, especialmente estadounidenses, que frecuentemente tomaban los servicios de los remeros del lugar, uno de los cuales era Don Mauricio. Posteriormente fue contratado por los Macaya, dueños  -en ese entonces-  de una ballenera instalada en la Isla Santa María, a la que se trasladó con su pequeña familia. En esa actividad se mantuvo por cerca de 50 años y fue ascendiendo  en la jerarquía en el bote ballenero hasta llegar al respetable grado de arponero, una labor que exigía gran  concentración y responsabilidad, fuerza y precisión pues un  acierto tenía el valor de una ballena y un error podría significar la muerte de él y de toda la tripulación.

---¿Y cómo era la caza de  ballenas en ese tiempo Don Mauricio? Preguntó mi pequeño hijo.

Las Ballenas

Las ballenas tenían la costumbre de pasar cerca de la isla Santa María,  -dijo Don Mauricio- en manadas de tres o más individuos y hasta 15 o más a veces, entre machos, hembras y crías de variada edad. Por ese motivo se apostaba un “vigía” en la parte más alta de la isla, escrutando el horizonte con un catalejos y cuando lograba ver alguna ballena la identificaba primero por el “espauto”, llamado así al chorro de vapor de agua que emiten las ballenas cuando salen a respirar a la superficie. El vigía gritaba:

---¡Allá sopla!

Y cuando lograba identificar el tipo de “espauto” gritaba  también el tipo de ballena –la especie- de que se trataba. (Así las ballenas “esperma”, o “espamuel” llamadas también  cachalotes, lanzan el espauto desde el morro hacia delante. En cambio las ballenas  “franca” o “Writh whale”  emiten dos chorros hacia arriba y hacia los lados; y la ballena “azul”  que los balleneros chilenos llamaban “alfaguara” emite un solo chorro hacia arriba en forma de paraguas)

En fin, así el vigía  gritaba:

---¡Es  “Raituel”! (deformación  castellana del  nombre ingles Writh whale) o ¡Es “Ambaque” ( deformación española del término “ballena de Humpback” o ballena “jorobada”) o  ¡Es “Braid” (deformación española de la “ballena Bride” muy apetecida por su carne) o bien ¡Es “Alfaguara”! (deformación española de la ballena  azul, o Blue Whale o Rorcual como también se la llama ).

Don Mauricio Moya hizo aquí un descanso y miró un momento hacia el horizonte como si intentara ver a la distancia la imagen de  una ballena o su espauto. El mar se presentaba calmo y  la línea del horizonte se confundía con la claridad del cielo gris blanquecino. Era pasado el mediodía y la luminosidad  hería los ojos. Mi hijo Mauricio  se acomodó un poco más cerca del  viejo ballenero y visiblemente interesado en el relato  sonreía mientras sus ojos brillaban a la espera de la continuación de la historia.

El Vigía

---Desde el cerro más elevado que ocupa el vigía, hasta el poblado norte de la isla Santa María, hay un par de kilómetros y entre  medio se disponen de modo equidistante trozos de riel  que cuelgan desde un árbol, atados con un grueso alambre. Al lado del mismo se mantiene una barra de fierro de un metro de longitud. Al grito de ‘¡Allá  sopla! El vigía  golpea el  riel que tiene a su lado mientras el isleño que lo escucha corre a golpear el riel que se encuentra a continuación y así sucesivamente la noticia de avistamiento de la ballena llega al caserío bajo la forma del agudo sonido del riel.

---Entonces se produce un griterío  en cada una de las casuchas o ranchas del poblado y los hombres  corren hacia los botes que se encuentran ya preparados con todos los implementos. En minutos  los botes están siendo empujados con fuerza hacia  la  rompiente, con toda la tripulación  presta  y en breve están bogando velozmente hacia el océano movidos por una  fuerza única, ensimismados por la emoción y enardecidos  por la inminencia de la lucha a muerte que les espera.

---Fuera de la rompiente de las olas los  capitanes de cada uno de los botes se gritan el lugar del avistamiento:

---¡Hacia el Norte! ¡Hacia el norte!. O bien  ¡A la cuadra de Lavapié! ¡Hacia Lavapié! … o bien ¡Hacia el Weste! ¡Derecho hacia el weste!.

La Persecución

 ---El capitán  va de pie en la popa de la chalupa atisbando el horizonte y dirigiendo la embarcación  hacia el objetivo con precisos movimientos de timón y gritos de diversa índole a su tripulación:

---¡Vuelen muchachos! ¡No son remos sino alas las que mueven a esta embarcación! ¡Vamos muchachos! ¡Remen con toda el alma!  Mientras la embarcación  corta la superficie del mar  partiendo la lisa cara de las olas del océano, va dejando una estela de espuma tras de si.  Las paletadas rugen acompasadas al ritmo de ¡Un dos! ¡Un dos!  Que dirige el capitán y el arponero  permanece de pie el la proa de la chalupa. Generalmente va descalzo y provisto sólo de una ligera camisa. Acaricia el arpón y lo sopesa a cada rato. Conversa con él, lo alecciona y en forma silenciosa parece decirle:

---( ¡No me falles compañero! ¡Debes ser certero en el golpe! ¡Penetra campeón! ¡Penetra hasta las entrañas! ¡No me falles esta vez!)

El arponero

El arponero sabe que todos los ojos del bote están puestos en él. Reconoce que su acierto llevará alimento para sus familias y el regreso será alegre y levantará una gran algarabía en el humilde poblado de la isla, por eso  se concentra y le habla a su arpón, humanizándolo, tratándolo de uno más dentro de la  tripulación, acariciándolo y rogándole  certeza, que es eso lo que  se necesita en este preciso instante.

Los hombres sudan y bufan, también  gimen a cada paletada mientras el mar chispea al choque de la proa con las ondas marinas y las pocas olas que revientan,  mojando a la tripulación de vez en cuando con una nubecilla de rocío  que los refresca. Los remos se cimbran en cada envión y a veces crujen mientras  hacen volar a la chalupa ballenera. Ya han salido a mar abierto y  tanto el capitán como el arponero escudriñan el horizonte en busca del espauto hasta que se oye el grito a veces simultáneo de:

---La mole oscura del cetáceo  se ve cada vez más cercana. Unos quinientos metros la separan de la chalupa y el capitán calcula la dirección de la próxima aparición y la probable distancia.  El capitán pide silencio y los hombres  mantienen los remos inmóviles, fuera del agua. Pasan unos pocos minutos y el  leviatán  vuelve a sumergirse. Entonces el capitán  grita ¡Ahora muchachos! ¡Remen con furia! ¡No son hombres ¡ ¡Son leones marinos! ¡Son orcas sanguinarias! ¡No son hombres mis muchachos!. Y los  6 pares de remos parecen  que ya se parten por sus  extremos, cada paletada les hace cimbrarse al punto máximo y la espuma  que sigue a la chalupa deja una estela que se pierde en el horizonte. El aire marino se hace más salobre y los hombres están desgreñados y sudorosos con los ojos desorbitados por la proximidad de  este enorme animal que apetecen y que sus familias, mujeres y niños, madres y abuelos esperan que ellos cacen ese día para alegría y golgorio de sus almas. De pronto el capitán  grita:

---¡Levanten los remos! ¡Silenciooooo!

El ha calculado el punto casi exacto en que  el cetáceo emergerá  de las profundidades para respirar y pide al arponero que se prepare y se concentre. Y a los remeros les pide  -con un susurro- que estén atentos para reanudar la carrera. Todos esperan  atentos en la inmensidad del océano con la adrenalina  al máximo. De pronto surge una masa oscura  a unos 50 metros de distancia, se ve el chorro del espauto y el aire se ensucia con un olor nauseabundo ( es el olor espeluznante del resuello del cetáceo)y el Capitán se ha vuelto loco, se para  y grita:

---¡A todo dar hermanitos! ¡A todo remo mis muchachos! ¡Dejen el alma en cada remada! ¡Dejen el corazón y los cojones mier……  en cada remada! ¡Vamos!  ¡Vamos  que ya la alcanzamos!

El bote ballenero se desliza  velozmente hacia la presa y unos 10 metros antes de alcanzar al cetáceo el capitán les pide:

---¡Alto! ¡Levanten los remos!

El vuelo del arpón

Y grita al arponero que se concentre. El bote se acerca al flanco izquierdo de la ballena y cuando casi la toca,  el arponero  apunta, se arquea como una rama de coligüe  y  con un quejido  gutural lanza  el arpón con una fuerza descomunal. La punta  extraordinariamente afilada  ha penetrado hasta el mango del arpón, medio a medio  del  enorme cuerpo, entre las costillas. La ballena da un quejido semejante al mujido de un vacuno, pero mucho más intenso. Se siente un temblor en todo el animal y un coletazo descomunal  parace partir en dos al mismísimo océano. El bote se balancea  con el ímpetu del coletazoque por poco alcanza al bote y lo parte en dos. El capitán  grita:

---¡Atrás! ¡Atrás! ¡Remen hacia atrás!

Y los hombres, que ya esperaban esa orden  detienen el andar de la chalupa y  retroceden velozmente, al mismo tiempo que la ballena emprende una veloz carrera sobre la superficie del mar creando un barullo de blanca espuma.  El arpón  está provisto de dos “barbas” que  se abren en el interior del cetáceo y se enganchan entre las costillas del mamífero marino, impidiendo que se desprenda. Por otra parte el arpón está unido a una soga resistente y gruesa de 600 metros de longitud que a su vez está ordenadamente  enrollada con seis vueltas a un palo vertical de luma, firmemente  unido a la estructura del bote ballenero. A la orden del capitán de:

La lucha

---¡Firme en la línea!

Los hombres dejan los remos y se aferran firmemente a la soga (que para los barreneros adquiere el nombre de “línea”) y la sujetan  al tiempo que el bote es arrastrado por la ballena a una velocidad vertiginosa a tal punto que el agua pasa por encima del bote sin mojar a sus ocupantes. Ante la embestida muy vigorosa de la ballena, el bote cruje y amenaza con desintegrarse, entonces el capitán grita:

---¡Suelten la línea!

Y el cordel  se desliza sobre el poste de luma  a tal velocidad que puede generar llamas. El capitán grita:

--¡Agua a la línea!

Y uno de los  bogadores que está muy atento, lanza un balde con agua al  poste. Al grito de:

¡Afirmen la línea!

Los hombres se aferran al cordel nuevamente y  el bote reanuda su  vertiginosa carrera sobre el mar.  El tiempo ha pasado velozmente. Los hombres se aferran a la línea agachados y concentrados, ausentes de toda otra consideración, como si en esa acción estuvieran en juego sus vidas.

Han transcurrido cinco, diez, quince minutos de  extenuante esfuerzo y vertiginoso movimiento antes que el cetáceo disminuya su andar sobre el océano, entonces el capitán grita:

---¡Recojan la línea!

La muerte.

Y los hombres traccionan nuevamente la cuerda con feroz velocidad y destreza, manteniendo las  seis vueltas sobre el grueso y bruñido palo de luma. Y así se van lentamente acercando al enorme animal herido. A pocos metros de distancia se escucha el balbuceo de la ballena, resoplidos intensos y acompasados dan a conocer el agotamiento y el estupor del enorme animal. Es entonces cuando se vuelve peligroso pues puede  hacer pedazos al frágil botecillo de un solo coletazo; y cuando se trata de un cachalote, suele acometer  contra el bote  a gran velocidad abriendo y cerrando la mandíbula y produciendo un ruido espeluznante mientras se acerca  en medio de una espumaraja provocada por el intenso movimiento de su cola.

El animal puede reanudar su loca carrera una o dos veces más hasta que finalmente  se agotan las fuerzas y los bufidos son aún más  frecuentes y más intensos. El capitán –conocedor de su oficio-  debe saber en qué momento acercar el bote nuevamente al flanco del enorme animal. Cuando así lo decide es  para que el arponero logre clavar una enorme lanza de acero extraordinariamente afilada que debe penetrar hasta el corazón o los pulmones. Entonces  se escucha una especie de gran quejido y un temblor espeluznante, al mismo tiempo que la sangre brota a borbotones, por la herida, por la enorme boca y por las narinas del cetáceo. La víctima continúa allí con movimientos erráticos y desesperados, pero ya sin fuerza para arrastrar al bote…hasta que sobreviene la inmovilidad final, señal inequívoca de la muerte del cetáceo en medio de un mar teñido de sangre. Entonces nadie habla, nadie profiere ni un suspiro, el capitán calla y no se escucha ni apenas el grito lejano de alguna gaviota…sólo perdura el silencio.  Los hombres esperan a veces cabizbajos y tristes, porque de tanto luchar con ella, de tanto seguirla, de tanto estudiar sus movimientos y sus costumbres, finalmente llegan a quererla y  junto al último suspiro…también sufren su muerte.

El respeto

El capitán está de pie junto al timón, y el arponero atento, espera la orden de su jefe. Nadie habla. El capitán  espera el último pequeño movimiento del balénido, el último temblor o el último suspiro y entonces, y sólo entonces, saca su gorra marinera y  hace la reverencia de respeto a este gran mamífero de nuestros océanos, al gran Leviatán del Pacífico.

Deberán pasar algunos minutos antes de que el capitán de la orden de subir al lomo del animal. Un hombre  dotado de zapatos con clavos deberá saltar al dorso del  cetáceo y provisto de un bombín deberá inflar los pulmones a través de las narinas. Luego tapará los orificios nasales con sendos tapones de madera que sellará con fuertes martillazos y finalmente clavará en el lomo del animal una bandera que señalará la propiedad de la pieza. El hombre de los zapatos con clavos regresará  al bote y atará un cordel a la cola de la ballena que podrá ahora ser arrastrada hasta  la isla.

La alegría

Sólo entonces y antes de empezar a remar el capitán lanza un grito y  los bogadores  se abrazan y felicitan al arponero y al capitán. Cada hombre toma su posición en el bote y se da la orden de regreso con un ritmo  de remar lento y contínuo llevando a la presa en arrastre.

En la isla  el vigía atisba el horizonte y  hasta divisar el bote ballenero seguido de su apetecida presa. A veces  cae la noche y el bote no apareció con la luz del día, entonces las mujeres  hacen una gran fogata en la parte alta de la isla para servir de guía al capitán y a los remadores. Cuando se avista el cortejo se da la noticia al poblado y las mujeres comienzan los preparativos para el proceso de descuartizado  y el aprovechamiento de cada una de las piezas del animal. Ya están dispuestos los “espeles” o grandes cuchillos con los cuales se cortará la piel y el tocino del animal. También se preparan enormes peroles bajo los cuales se encienden grandes hogueras. Allí se derretirán los tocinos y se extraerá la manteca, los aceites, los chicharrones y otros productos del proceso.

En la playa del lugar se ha reunido todo el pueblo, niños y ancianos, mujeres y jóvenes, ricos y pobres, gordos y flacos para recibir a los cazadores y ayudar  en cada una de las maniobras  con que la ballena será sacada del agua y arrastrada hasta  el lugar del procesamiento. Cuando la proa del bote ballenero toque la playa se levantará un solo grito alegre de felicitación y reconocimiento a los tripulantes de la pequeña embarcación. Sólo entonces se desencadenará el  jolgorio en la Caleta Macaya del extremo norte de la isla Santa María.

Ya no quedan ballenas en los océanos.

Don Mauricio Moya ha terminado su relato… el partido de fútbol hace rato que ha concluído y la tarde que se muere va dando paso a la noche. El cazador de ballenas debe partir a su morada. Nos despedimos de él con un abrazo y un apretón de manos. Ya arriba en el cerro  nos detenemos  para mirar hacia  la pequeña caleta ballenera de Chome. El aire se ha puesto más fresco, la oscuridad va cubriendo el paisaje y allá abajo en la caleta comienzan a encenderse algunas luces débiles y moribundas. Mi hijo Mauricio se queda un momento mirando el océano como si quisiera ver aparecer alguna ballena en el horizonte,  mientras la brisa juguetea en sus cabellos y me dice:

--- Papá…Ya no quedan ballenas en el océano.
--- Sí hijo.  Si antes hubo muchas, ahora son sólo una rareza. 

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