Hacía más de 70 años que vivía en el campo. Cerca de Santa Juana. El ahora no era como el antes. Su hija mayor lo había encontrado raro. Un día dejó de comer, enflaqueció. Su mirada antes alegre, viró a una continua expresión de tristeza. Solía sentarse en ese extremo de la ventana, el rostro junto al vidrio, lugar que compartía con gato y el perro de la casa. Parecía que ambos lo comprendían, porque estaban junto a él en su silencio, ¡tanto silencio! Y en ese mirar –interminablemente- el horizonte, hasta que el sol se ponía completamente y las moscas de la noche comenzaban a poblar el universo con sus negras alas…en ese mirar, ¡la tristeza y el silencio! Ya no conversaba. Costaba mucho que respondiera algún monosílabo ante la insistencia de una pregunta simple. ¿Papá, quieres comer algo? ¿Papá, en qué piensas tanto? ¿Papá, te llevo a tu habitación? Pues ya es hora de dormir. ¿Papá…

La mirada del papá, se había quedado en el horizonte. En el horizonte de la vida, aquel que –él imaginaba- escondía junto al sol, los años gloriosos de su juventud, cuando segaban el trigo maduro con echona y los jóvenes de distintas edades decían bromas, contaban chascarros y todos reían interminablemente mientras trabajaban, hasta llegadol momento de detenerse para almorzar, beber abundante agua y a veces un poquito de vino y luego, tenderse a descansar unos minutos a la sombra de un árbol. A Don Chipe, le gustaba mirar las hojas de los árboles recortándose contra el cielo y adivinar la persecución de los pajarillos entre el ramaje (un día uno de ellos le lanzó una excreta a un ojo, lo cual causó a él y a sus compañeros de trabajo, una risa interminable. Fue muy gracioso. Decía él). Cerraba los ojos a la umbra, y sólo dormía por unos pocos minutos. Le encantaba percibir el aroma de las hierbas del campo, del trigo maduro, el aroma del poleo que llegaba a sus narices traído por la brisa de la tarde, desde los pajonales… y del inconfundible aroma del melón maduro, que solía traerle aquella chiquilla, la Violeta, de risueños ojos negros, el pelo tomado en un moño y sus brazos rollizos a pleno sol. Recordaba su aroma, ese aroma de mujer joven, mezclado siempre con el del melón maduro al que la Violeta había agregado un par de cucharadas de harina tostada ¡Fresquesita! ¡Qué deliciosos días! ¡Que deliciosa harina! ¡Que delicioso melón! Y ¡Que deliciosa era esa chiquilla! ¡Violeta!...¡Violeta! ¡Violetitaaaaaaaa! Quería gritarle su nombre, por si viniera, por si se asomara por detrás de aquella línea negra que se forma allá en el horizonte. Esa oscuridad que lo separaba de aquellos tiempos, de aquellos días.

Ahora estaba sobre una camilla, en la atención de urgencia del hospital. Su hija lo había traído porque ¡ya no era el mismo! Él abrió los ojos y miró hacia las luminarias que colgaban desde el cielo raso. Uno de los tubos fluorescentes estaba negro. Don Chipe creyó ver en él la silueta de las hojas de un árbol. Algo se movía allá arriba. Creyó ver a los pajarillos correteándose entre el ramaje. ¡Los sintió piar! Había aromas raros en el aire. De pronto Don Chipe se movió hacia un lado y casi se cayó de la camilla.

Balbuceó:
---Los pájaros…¡Los pájaros!...¡Esta ves no me ensuciarán! ¡Que diantres! ¡Violeta! ¡Violetita! Gritó con fuerza.
---Tráeme el melón Violetaaaaa! De ese melón jugoso y dulce… que tú sabes… ¡AH!
y con harina tostada, de esa fresquesita… antes de dormir un poco, y salir al campo a segar los trigos. ¡Apúrate Violetita! ¡Apúrate mi amor!

El Doctor lo escuchó un instante, lo observó, miró con más atención sus pupilas encendidas y advirtió una amplia sonrisa mostrando unas arcadas desdentadas.

El Doctor anotó en la ficha clínica, sólo dos palabras:

--A Siquiatría.

En la camilla, el paciente mantenía los ojos abiertos, mirando el claroscuro de las luminarias. De vez en cuando los cerraba. A veces tiritaba, chasqueaba la lengua y parecía saborear el delicioso melón de aquellos tiempos. Llamaba a su Violetita y sonreía… convencido que allí, en ese lugar había logrado trasponer la línea negra del horizonte que alguien había puesto allá, para alejarlo de sus hermosos años de la juventud.

--¡Violetaaaaaaa! ¡Violetaaaaaa!

El grito de fue perdiendo por los pasillos del hospital, mientras su camilla era llevada hacia la sección siquiátrica por un par de enfermeras. Su hija, lloraba en un rincón.

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