Cuando éramos niños en la Patagonia

El libro cuya Primera Edición adquirí en uno de mis últimos viajes al sur (Pehuén 2006) es una hermosa cronología de la vida de un grupo de familias belgas que llegaron a instalarse como colonos en las inmediaciones del Lago General Carrera –en territorio chileno- inmediatamente después de concluida la Segunda Guerra Mundial. Se inicia con una Presentación del notable historiador magallánico Mateo Martinic Bero, quien recuerda y describe el paso de una extraña caravana de vehículos cuando el observador tenía 17 años. La sucesión de camiones, vehículos anfibios, grúas, autos y otros armatostes pertenecía a los integrantes del grupo belga que acababa de arribar al puerto de Punta Arenas con miras de alcanzar por tierra argentina, los márgenes sur del General Carrera, toda vez que por territorio chileno no había acceso terrestre.

Martinic dice: “Con qué asombro contemplé ese despliegue mecanizado donde destacaban camiones de tipo militar y unos extraños vehículos anfibios que, como otros de la caravana, eran sobrantes de la Segunda Guerra Mundial” Y más adelante agrega: “Ni entonces ni medio siglo antes, se me pasó por la mente que algún día me encontraría prologando el libro que da cuenta de lo que fue esa empresa aventurera de un puñado de belgas…Acepté encantado cuando Jeannine de Halleux de Raty me lo pidió”

Estas breves palabras ya abrieron mi interés en el contenido del libro: ¿Cómo llegaron a ese territorio patagónico salvaje? ¿Por qué decidieron emprender esa empresa a todas luces loca? ¿Quiénes eran esas personas, hombres, mujeres y niños que la integraban? ¿Cómo y de qué forma vivirían en esas soledades? ¿Qué coraje interior los mantuvo unidos en permanente lucha con los elementos del medio? : el frío, el viento desatado, las tormentas, la falta de caminos, la ausencia de comunicación terrestre, la inexistencia de electricidad, agua potable y otros adelantos básicos…en fin ¿A quién se le podría ocurrir una locura así? Fueron mis primeras preguntas.

El libro parte con un accidente sufrido por los colonos belgas el día de Navidad de 1949 al atravesar un vado en el río Jeinimeni después de asistir a un pueblo fronterizo argentino a dar un concierto coral. De esa manera el lector se va familiarizando con los protagonistas: el padre Polain, los nombres extranjeros de las familias de Smet, Halleux, Amand, Barberio, Cardyn, Baudouin, en fin algunas pocas familias, padres y madres y sus pequeños hijos de distintas edades. En el capítulo dos del libro se encuentra la causa: la Segunda Guerra Mundial había destrozado Europa y Bélgica no fue una excepción. El jefe de las familias había decidido macharse con todo a un lugar alejado de las guerras y el gobierno de Chile les había abierto una posibilidad en aquellos territorios patagónicos perdidos y casi deshabitados. Se instalaron en Chile Chico y hubo que empezar de cero.

Construir una casa en la inmensidad de la pampa, obtener agua, comenzar una huerta, abrir un espacio en la montaña para instalar un aserradero, elaborar las maderas y trasladarlas a través del lago. Con el aporte de todos lograron adquirir un barco y trasladarlo desde el Atlántico hasta las orillas del Lago General Carrera a través de caminos intransitables. ¿Cómo lo hicieron?

Entre los colonos venían un par de ingenieros, un médico, un cura, un mecánico, todos los cuales mantenían una férrea unión ayudándose en todo lo posible para sobreponerse a las múltiples adversidades del medio. El padre Polain reclamaba en sus cartas por el inclemente y terrible viento que no cesaba de soplar y no le permitía crecer a las pocas plantas que intentaba afirmar en la tierra de su jardín. Sus pobres tulipas eran permanentemente arrancadas por el viento. El médico Leon Cardyn asistía a los colonos en sus diversas enfermedades y a las madres durante los partos o intervenía quirúrgicamente si la situación lo exigía con los mínimos elementos disponibles. Y así se fueron gradualmente adaptando a ese territorio hostil hasta asentarse con diversas actividades productivas, intentando mantener las mismas costumbres de la lejana Bélgica, especialmente la música y la lectura, al cultivo de plantas en los jardines y huertas, la ganadería y la agricultura con la ayuda de unos pocos chilotes que siempre se les encuentra en los lugares más inverosímiles.

Los niños se adaptaron admirablemente al frío patagónico de los inviernos y al calor de los veranos, especialmente excursionando hacia los cerros cercanos, hacia los valles, las lagunas y los montes impenetrables del Oeste por el solo afán de hollar el inconmensurable y hermoso paisaje patagónico y sentir intensamente ese magnífico valor de la libertad. Eran los jóvenes los exploradores, los que descubrían nuevos senderos, nuevos pasajes, nuevos valles susceptibles de colonizar. Especialmente en las vacaciones de verano partían a caballo llevando a cuestas sus carpas y sacos de dormir, unos cuantos “churrascos” y carne de cordero cocida para varios días. Las cabalgaduras se prolongaban por días o semanas. El pasto abundaba por todas partes, como también los zorros y los pumas, los peligros y las dificultades, especialmente al vadear los ríos cuyas intensas corrientes suelen llevarse al caballo y al jinete consigo. Con todo, la formación patagónica hizo de niños y niñas belgas hombres y mujeres fuertes, valientes y capaces de sobreponerse a las dificultades que les antepuso la vida. Ellos, cuando grandes, añorarán la rudeza de la vida en esa Patagonia fría y ventosa, incierta y peligrosa, aislada y silenciosa, rústica pero amada por todos.

Algunos de ellos fallecen, de enfermedades, de un tiro que se escapó accidentalmente, de un accidente en el lago…en fin, pero no todo es tristeza entre los colonos. Un día Phillippe de Halleux de 17 años, decide efectuar en solitario, a lomo de cabalgadura, un trayecto por tierra bordeando por el margen Oeste el lago General Carrera, partiendo del Valle del Murta donde su padre tenía un aserradero, alcanzando en sucesivas y agotadoras etapas por Puerto Tranquilo, La Capilla de Mármol, el Río León, el Desagüe del Lago Bertrand, Puerto Guadal, Mallín Grande, ya en el margen sur del lago, Punta Pachinal, Laguna Verde y Chile Chico en una experiencia enriquecedora de 9 días que el mismo joven describe en el diario de viaje. En una parte de este largo trayecto en solitario se encontró a boca de jarro con un ser humano. Philippe escribirá en su diario ese día: “De repente me encuentro con un hombre viejo, grande, delgado y en traje de Adán, con una bota en un pie y una alpargata en el otro. Inocentemente le pregunto si es que cree estar en un carnaval o en un baile de disfraces.

--- ¡Ah! Me responde con un aire ido y serio: --Estoy pescando.

Me doy cuenta de lo que sufre este señor y preso de pánico entierro los talones en las costillas de mi caballo que de inmediato se echó a galopar por los matorrales de Mallín Grande”.

Años más tarde, Philippe sufrirá un accidente en el lago, que le costará la vida.

Entre las páginas de interesante y amena lectura, se suceden numerosas cartas, variadas fotografías y un buen mapa que nos guía por los derroteros de los colonos y aprendemos –así, gradualmente- los recovecos de aquella intrincada geografía.

Leer este libro me robó numerosos suspiros derivados de emocionantes pasajes, de penetrantes relatos al alma, de entrañables amistades desarrolladas y enriquecidas en la soledad del paisaje patagónico. Me impresionó que los colonos hayan mantenido “siempre la lectura”. Se reunían para leer: uno leía un buen libro y lo comentaba a los demás, se les leía a los pequeños del grupo antes de ir a dormir, las historietas de TinTin llegadas desde Bélgica. ”Los colonos dejaron muchas cosas importantes en Bélgica, pero siempre trajeron consigo sus bibliotecas”. También eran buenos escritores de cartas: escribían una vez por semana a sus hijos que una vez crecidos debieron ir a estudiar a Santiago, Putrufquén, Temuco o Puerto Montt…y los niños esperaban ansiosos aquellas cartas con las noticias de Chile Chico.

Con todo, el libro me atrapó desde las primeras líneas y me dejó la sensación de “HUMANIDAD”, del desarrollo y cultivo de los más hermosos sentimientos del ser humano, la bondad, el apoyo, la comprensión, el afecto…en fin, el sentimiento de grupo, que al parecer ellos nunca han perdido.

Nuestra Ubicación

Centro Médico Regional, Janequeo 225, Concepción.

Fono 994147519

Horarios:
Lunes a Viernes de 09:00 a 21:00 hrs.
Sábados de 09:00 a 12:00 hrs.

¡BIENVENIDOS!

Contáctenos

Visitantes

703940
Hoy
Ayer
Esta semana
Ultima semana
Este mes
Ultimo mes
Todos
116
459
1979
266554
9116
15770
703940

Su IP: 54.145.122.109
23-06-2017 03:10