El libro de Juan Pedro Miranda Entre Barcos y Trenes, ha suscitado el interés y la reacción de valiosos y connotados escritores y poetas: uno de ellos es Gustavo Boldrini. Otro es Carlos Alberto Trujillo Ampuero, poeta chilote que reside en Pensilvania y es docente de la Cátedra de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Villanova, entre otras brillantes actividades.

Trujillo dice que “aunque está en el otro confín del hemisferio, nunca en su vida se ha ido de Chiloé.” En efecto, en cualquier parte del mundo en que se encuentre sigue actuando, hablando, viviendo, escribiendo y sintiendo como un chilote, sin olvidarse de sus hermanos, congéneres, de sus islas verdes, fragmentadas y de las eternas lluvias que amenazan con echar abajo el techo de tejuelas de alerce de la casa. Y los recuerdos chilotes lo acompañan:

El libro de Juan Pedro Miranda, le ha recordado su ir y venir en ese tren de trocha angosta que corría entre Castro y Ancud. Él dice que nunca llegó a Ancud en ese tren pero si fue de Castro a Puntra muchas veces en viajes de ida y vuelta. Se bajaba en Puntra y cabalgaba cinco o seis kilómetros por los senderos campestres para llegar a la casa de sus abuelos en Tantauco. ¡Qué historias nos cuenta Carlos Trujillo! ¡Qué aventuras increíbles! Como aquella de aquel tío abuelo que “laceó una vez al tren, para cumplir una apuesta, y lo dejó atado al tronco de un árbol tranquilo y manso como un cordero”

El padre de Carlos era Don Custodio Trujillo Barría, y su querida madre, Doña Clarisa Ampuero Trujillo. Y sus hermanas eran Olinda, la mayor, Fidelia (a la que llamábamos Yeya), y María Teresita. Así que el único varón y concho de la familia fue Carlos. La historia del tío que laceó al tren, no la recordaba Carlos con todo detalle, por lo que acudió a su hermana Yeya, quien vive en Punta Arenas, para reunir los pormenores de tan interesante como increíble verdad. Y Yeya le contó lo que mantiene en su memoria.
Esos aimpaticos datos están en la carta que nos envía el ahora Doctor en Literatura Carlos Alberto Trujillo, y que a continuación transcribimos para nuestros lectores:

1. Mi abuelo paterno que, además de agricultor como todos los campesinos chilotes, era tallador de estribos y poeta popular (es decir cantor y creador de décimas maravillosas) se llamaba Juan Trujillo Díaz.
2. Mi abuela materna, Fidelia Trujillo Díaz, por quién ganó su nombre mi hermana Yeya, tiene los mismos apellidos que mi abuelo paterno, pero en mis búsquedas nunca pude dar con que haya habido parentesco entre ellos. Se ve súper extraño, pero no sé cómo podría ser que en un sector tan pequeño como Tantauco hubiera habido dos familias con los mismos apellidos y no fueran parientes. Pero tampoco sé de donde llegaron ambas familias. Eso dará para una investigación mayor cuando vaya a Chiloé este invierno.
3. Por lo tanto, yo creía que mi antepasado mítico era hermano de mi abuelo Juan, pero la Yeya me acaba de explicar que no es así, sino que mi abuelo Manuel Trujillo Díaz, que tiene los mismos apellidos de ambos, no fue hermano de m abuelo Juan sino de mi abuela Fidelia. ¡Qué historias más complicadas tiene nuestro Chiloé!
4. De modo que el personaje que laceó el tren y lo dejó atado a un árbol igual que un corderito era hermano de mi abuela Fidelia, la mamá de mi mamá.
Pero como te decía la historia es más larga, puesto que el tío Manuel era hombre de armas tomar, como correspondía a un hombre de campo de esos años. Así que cuando lo citaron al Juzgado de Letras de Ancud, el hombre no se amilanó sino que decidió cumplir con la ley de la República. Pero el asunto es que lo hizo a su manera, y llevando encima todas las leyes de la vida campesina de esos tiempos, no sólo se fue a caballo a Ancud sino que entró a caballo al Juzgado de Letras y según se comenta, el pobre juez salió corriendo más rápido que el viento al verlo entrar a caballo en el sagrado templo de la justicia.
Por todo lo anterior, entenderás, que a pesar de lo pintoresco y cinematográfico del asunto, no era ésta una historia que se ventilara mucho en la familia. Hace un rato, cuando se lo pregunté a la Yeya, ella se echó a reír porque sí la conocía, y me confirmó que mi mamá siempre se acordaba de esa historia y de las increíbles andanzas de su tío. De manera que el hecho ocurrió y cuando se presentaba la oportunidad la familia tenía que hacerle frente al hecho y contarlo tal como lo sabían.

 

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